Breve introducción a la práctica de visión intuitiva (Vipassana)

La meditación tiene dos funciones: capacitar y dominar.

Cuando hablamos de capacitar, en este caso, nos referimos a cultivar la compasión y la bondad hasta que la mente se haya transformado completamente, hasta que haya llegado a tener una tendencia altruista. Sin embargo, antes de poder generar ese tipo de mente, primero debemos amansarla ya que, en un principio, nuestra mente es como un animal salvaje difícil de gobernar. Así pues, de la misma forma que un animal salvaje necesita primero ser domesticado, nuestra mente necesita, para empezar, contención y disciplina.

Se suele entrenar a los animales en recintos reducidos y estrechos, en espacios muy limitados donde se sientan inquietos y agitados. De forma similar, la disciplina es también “pequeña y estrecha” y sin mucho espacio en el que desenvolverse, lo cual provoca un estado de agitación e inquietud en el meditador. La consecuencia de ello es que (al menos durante los primeros días) éste maldice a la persona que le sugirió enrolarse en tamaña estupidez: “¡Y encima tengo que pagar por hacerlo!”

Así y todo, lo que hace este proceso interesante es que, de la misma forma que el animal pierde el control para luego sentirse protegido por el cercado y, finalmente, deja de tener interés por escapar, el meditador también reacciona igual: a medida que se acostumbra a la disciplina y a la rutina del retiro, empieza a apreciar su atmósfera “simple” y su “estrechez” y abandona la idea de salir corriendo cuando este llegue a su fin.

En definitiva, lo que apacigua la mente no es el método o la técnica particular que practicamos diligentemente, sino tener un estilo de vida correcto: una forma de comportarse cool, como Buda solía llamarlo. Al principio lo encontramos difícil y desafiante (aunque le asignemos un nombre bonito) pero, a la larga, nos damos cuenta de cuán beneficiosa es esa forma de vivir.

Lo primero que hacemos para dominar la mente es amansar el cuerpo y el habla, aunque, a fin de cuentas, todo provenga de ella. Así, aunque se empiece trabajando en la palabra y el cuerpo, luego esto nos llevará a calmar la mente.

En relación a la disciplina tenemos que observar dos aspectos importantes: el abstenerse y el refrenarse. El concepto de abstención se refiere aquí a no llevar a cabo las diez acciones no virtuosas: matar, robar, conducta sexual inadecuada, etc. Por otro lado, refrenarse significa vigilar las puertas de los sentidos.

Preguntémonos por qué estamos siempre yendo detrás de los objetos sensoriales desde el momento en que nos levantamos hasta el momento en que nos vamos a la cama; qué es lo que andamos buscando y qué es lo que realmente queremos. La respuesta obvia es “placer”, no el objeto en sí mismo. Lo que perseguimos son experiencias de tacto, sonido, gusto, olfato, vista y pensamientos porque anhelamos el placer. Por lo tanto, lo que aquí estamos refrenando no son solo los sentidos (mediante la vigilancia de sus puertas), sino la “sed” de placer.

Normalmente nos aferramos al placer en la misma medida en que odiamos el dolor; creemos que podemos manejar el placer pero no nos sentimos capaces de hacer lo propio con el dolor. Por lo tanto, cuando meditamos (especialmente en los retiros) invertimos todo nuestro esfuerzo en intentar evitar el dolor. Nos asusta tanto que, básicamente, se convierte en el objeto principal del retiro. La mayor parte del tiempo, mucha gente se pasa el retiro buscando el cojín correcto, la banqueta adecuada, el taburete apropiado o cualquier artilugio que le alivie el dolor. Al cabo de los días, algunos meditadores se encuentran totalmente rodeados y apuntalados por cojines y almohadas: uno debajo de la rodilla derecha, otro debajo de la izquierda, uno para proteger la espalda, etc. Al cabo de un par de días, más que meditadores, parecen soldados de la primera guerra mundial atrincherados.

Sin embargo, si a lo largo del retiro, prestamos atención a las sensaciones, las observamos sin pánico ni emoción y las experimentamos con ecuanimidad, veremos que, al contrario de lo que creemos, el dolor es mucho más fácil de sobrellevar que el placer. La razón es que tenemos adicción al placer pero no al dolor. Podemos acostumbrarnos al dolor, pero al placer es mucho más difícil. Sentirse satisfecho es, en efecto, más difícil que tener paciencia, por lo tanto, el enemigo real del meditador no es el dolor sino el ansia de placer.

La práctica de la visión clarai en el clásico vipassana también es conocida como “el camino de purificación”. El acto de refrenar los sentidos es un factor purificador que hace más pacífica la propia vida y le prepara a uno para la meditación. Para ello necesitamos una vida más simple.

El término purificación en la práctica de la visión intuitivaii se aplica a este proceso de sometimiento de la mente y los sentidos. Te habrás dado cuenta de que no se utiliza el término “purificación” en relación a algo que se ha hecho y que necesita ser purificado, sino a algo que todavía no ha surgido y necesita ser advertido.

Las etapas de purificación son siete:

  1. Purificación de conducta.

  2. Purificación de la mente.

  3. Purificación de la visión.

  4. Purificación por superación de la duda.

  5. Purificación por conocimiento y visión de lo que es el camino y lo que no es el camino.

  6. Purificación por conocimiento y visión del transcurso de la práctica.

  7. Purificación por conocimiento y visión.

La purificación de la conducta hace referencia a la práctica antes mencionada de abstenerse y refrenarse. También se conoce como “la purificación del principio”. Se trata del elemento purificador de la mente que frena el viento de las distracciones, además de que es el requisito básico para que un meditador progrese.

La purificación de la mente hace referencia a la habilidad de la mente de mantener la atención fija, sin distracciones, y durante el tiempo que uno desee, libre de los cinco obstáculos.

La purificación de la visión hace referencia a la introspección de la verdadera naturaleza de los agregados y del “sí mismo”iii.

La purificación por superación de la duda significa la eliminación de la duda en relación a la interdependencia de todos los fenómenos.

La purificación por conocimiento y visión de lo que es el camino y de lo que no es el camino se refiere a reconocer lo que es solo una eliminación de klesha temporal como una eliminación de klesha temporal.

La purificación por conocimiento y visión del transcurso de la práctica significa el alineamiento de la mente con los factores que llevan a la completa eliminación del klesha.

La purificación por conocimiento y visión hace referencia a la comprensión del objetivo.

Ahora bien, la agitación y confusión que experimentamos, en particular al principio de la práctica, no las provocan las dificultades de la propia práctica ni la falta de familiaridad con la técnica; a menudo son fruto de vientos de distracciones que siguen soplando y provocan esos estados. Lo que uno necesita para ser capaz de parar este viento, que sopla de forma constante y agita la mente, es una buena conducta, una conducta purificada.

A fin de ser capaz de generar una conciencia clara (que purifique la visión), uno necesita primero una mente estable (una mente purificada). Sin una mente concentrada y estable sería muy difícil generar una conciencia clara. Así como la llama de una vela agitada por el viento no puede iluminar nada a causa de su inestabilidad, de la misma forma, una mente agitada tampoco puede iluminar nada a no ser que se interrumpan (o purifiquen) las distracciones externas.

Sin esfuerzo es imposible generar estabilidad mental. Así pues, antes de concentrarse, uno debe esforzarse. El esfuerzo es una experiencia de privación, y para vérselas con las privaciones necesitamos paciencia. En consecuencia, la paciencia precede al esfuerzo. No hay forma posible de aplicar el esfuerzo a no ser que uno practique la paciencia. Tal como dijo el Buda: “El ascetismo más elevado es la paciencia; el verdadero ermitaño es aquel que es paciente”. La paciencia es lo que establece el esfuerzo, mientras que la aspiración es su motivador.

En todo caso, el entrenamiento de la paciencia será muy difícil para la persona que sufre mucho; por lo tanto, con tal de poder practicarla, es preferible no estar atravesando un momento de mucho sufrimiento. Dicho esto, la moralidad (la conducta purificada) prepara el terreno para ello. Tal como dijimos anteriormente, la moralidad o disciplina es aquello que enfría y hace la vida menos complicada y agitada, menos confusa e infeliz. Cuando uno se siente cómodo en la práctica de la moralidad, como consecuencia de que, aunque menores, todavía continúan existiendo sufrimientos y problemas, se facilitará la práctica de la paciencia.

Los que se inician en la práctica deberían hacerlo con el propósito de ser menos infelices, y precisamente la moralidad (o disciplina) nos conduce a reducir el descontento. Estamos excesivamente enfocados en la felicidad, de hecho, estamos obsesionados con ella. Cierto es que, por un lado, los lamas hablan de la felicidad y el contento, y que, asimismo, Buda habla en los sutras de “alcanzar la felicidad”, pero lo hacen dándole un significado diferente. Cuando hablan sobre felicidad no están hablando de diversión ni de pasar un buen rato o llevar una vida despreocupada. La felicidad sobre la que Buda habla es la experiencia de la “no infelicidad” o el “no sufrimiento”. Al principio del camino esto es a lo que se puede aspirar. Apuntar hacia la felicidad es posible que cause una gran decepción, ya que estar siempre contento en esta vida humana es algo poco realista. Si nos fijamos en los lamas como ejemplo: ¿Están siempre felices? Si la respuesta es afirmativa, ¿en qué sentido son felices? Cuando reciben malas noticias sobre el Tíbet, ¿se sienten infelices o sólo hacen ver que están tristes? En el tiempo de Buda, 30.000 personas de su propio clan, los shakya, fueron asesinadas. Cuando Buda tuvo noticia de ello, ¿estaba simulando tristeza o estaba triste de verdad?

En realidad, es muy importante saber diferenciar la forma en que los seres realizados se relacionan con el mundo y la forma en que lo experimentan.

La práctica de la visión intuitiva se basa en el desarrollo de la atención plena (el factor purificador de la mente). Tal y como Buda dijo: “No sé de ningún otro factor mental tan poderoso como la plena atención para abandonar los hábitos no saludables y cultivar virtudes”.

Hay varios tipos de atención plena:

  • Aquella que situamos en un contexto moral, es decir, la diligencia.

  • Aquella atención en el contexto de la concentración, es decir, no olvidándose del objeto.

  • La atención que es –y tiene- la característica de la consciencia, la intuición. Aquí, la visión intuitiva no debería confundirse con la “naturaleza última”. El término vipassana clásico, o intuición, se refiere al primero de los puntos del noble óctuple sendero, es decir, a la comprensión correcta, a la comprensión de dukkha y de las cuatro nobles verdades.

El término dukkha se suele traducir como sufrimiento; sin embargo, no solo se refiere al sufrimiento más obvio, físico y mental, que asociamos a las enfermedades o problemas generales de la vida, sino a algo mucho más doloroso. Hace referencia a la naturaleza insatisfecha, inestable y vacía (insegura) de nuestra existencia. Según el budismo, toda nuestra existencia es dukkha. Y no por ello es una religión pesimista, ya que dukkha sería la diagnosis, no la opinión en relación al tratamiento a seguir.

En la práctica de la visión clara, la atención plena (la mente purificada) es lo que muestra dukkha al meditador. Estando en un retiro uno experimenta aburrimiento, insatisfacción y la prisa mental de dejarlo correr. Nos preguntamos por qué hemos asistido, maldecimos el momento en que oímos hablar de él y deseamos estrangular a la persona que nos lo sugirió. Cuando nos preguntamos “¿cuál es el sentido?” o “¿qué estoy haciendo aquí?”, cuando experimentamos estos cambios de humor, en ese justo momento empieza la práctica.

Es decir, en ese instante hemos encontrado una base muy sólida, nuestro samsara. El aburrimiento, la insatisfacción, el miedo, las preocupaciones, las frustraciones y el resto de nuestros problemas de la vida diaria, todo ello es también dharma, el “dharma para ser comprendido”.

En general, se representa a los budas y los arya bodhisattvas sentados en una flor de loto. Este tipo de planta crece en el barro pero todo y así éste nunca la salpica, no la ensucia. El Buda sentado en la flor del loto simboliza precisamente esto: cercano al mundo pero sin ser influenciado por él. Lo mismo acontece con la mente de una persona, el meditador, cuando empieza a entender el sufrimiento. 

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